El 2 de octubre de 1943, un grupo de trabajadores de la actividad eléctrica decidió organizarse y fundó el Sindicato Autónomo de Luz y Fuerza. Desde entonces pasaron 83 años; no solo cambiaron las formas de trabajar, las tecnologías, las empresas, sino que cambiaron las relaciones sociales. Sin embargo, la organización colectiva se consolidó como un factor perenne que no cede en la defensa de los Derechos.
La historia de Luz y Fuerza Capital Federal puede leerse, justamente, a partir de esa continuidad. No como una sucesión de fechas y acontecimientos, sino como el resultado de miles de decisiones, luchas y esfuerzos que fueron dando forma a una organización que con el tiempo amplió también aquello que entendía por Derechos.
En sus primeros años, esa construcción estuvo vinculada a la negociación colectiva y a la defensa de las condiciones propias de trabajo. Los primeros convenios, alcanzados durante la década de 1940, fueron dando forma a una herramienta que todavía hoy ocupa un lugar central en la vida sindical. Pero el crecimiento de la organización fue llevando la mirada más allá del lugar de trabajo.
La vivienda, la salud, la educación, el turismo, la recreación y la formación fueron incorporándose a esa tarea. La construcción de viviendas, los hoteles y campos de recreo, los jardines de infantes, las becas y espacios de capacitación, la obra social, el Hogar del Jubilado y las cooperativas son parte de una misma historia: la de una organización que entendió que defender al trabajador también implica ocuparse de las condiciones en las que vive su familia y su comunidad.
Hay, detrás de todas esas iniciativas, una determinada manera de entender la organización sindical: el trabajo no termina cuando termina la jornada laboral. Las condiciones de vida de los trabajadores y sus familias también forman parte de aquello que una organización colectiva puede ayudar a transformar. Si bien el cambio es hoy factor común, hay voluntades que continúan inalterables a lo largo del tiempo: las de no atemperar la lucha que promueve el bienestar social.
Por eso, un aniversario no debería ser solamente una mirada hacia atrás. La memoria importa porque permite saber de dónde se viene, reconocer el esfuerzo de quienes construyeron la organización y entender que ninguna de las conquistas fue resultado del azar. La memoria nos impone un legado que debe ser protegido.
A 83 años de aquel primer sindicato autónomo de la calle Curapaligüe, Luz y Fuerza Capital Federal llega a este aniversario con una historia que no está cerrada. Una historia hecha de trabajadores que se organizaron, de derechos conquistados, de instituciones construidas y de generaciones que fueron incorporándose a una misma familia.
El desafío del presente es transformar esa experiencia en una herramienta para el futuro. Seguir construyendo espacios donde los trabajadores encuentren representación, acompañamiento y respuestas; fortalecer los vínculos y encontrar nuevas formas de organización frente a las transformaciones que atraviesan al mundo laboral, y con él a la sociedad toda.
Un nuevo aniversario no significa solamente celebrar lo que se hizo, sino asumir que una organización con historia también tiene una responsabilidad hacia adelante.


